En el País Vasco, la danza es un elemento fundamental de expresión de la identidad colectiva. Esta manifestación ha llegado hasta nosotros a través de los siglos gracias al singular apego que une a los vascos con su danza. En este largo recorrido, sus gestos, ritos y significados no han dejado de evolucionar, de ser (re)inventados.
Pero ¿qué es eso que hoy en día llamamos danza vasca?
Pareciera que cada cual tiene su respuesta clara, y a menudo la tradición y la creación parecen contraponerse. Sin embargo, analizada en profundidad, y particularmente a la luz de los estudios fundamentales del antropólogo Xabier Itçaina, director de investigación del Centro Nacional de la Investigación Científica de Francia, la historia de las danzas vascas deja en evidencia un alejamiento de sus usos originales, así como una continua redefinición en plural.
Retrospectiva: cuando la danza se distancia de su sentido original
Usanza bajo tutela eclesiástica
En el País Vasco, aún hoy, la danza ocupa un lugar importante en diversas festividades religiosas. En el siglo XIX, la Iglesia utilizó las danzas vascas en el marco del conflicto que la enfrentaba al Estado. Para imponerse, la Iglesia introdujo aquí y allá fragmentos de rituales paganos en los ritos católicos.
Numerosos escritos relatan que la Iglesia reprobaba las reuniones festivas en las que los fieles se entregaban a prácticas “frívolas y excesivas”, así como el repertorio de los nuevos bailes de salón, compuesto por bailes recreativos considerados inmorales. De igual modo, condenaba el paganismo de las prácticas rituales en las que los bailarines se entregaban a diversas “supersticiones”. Por el contrario, la Iglesia toleró, o incluso impulsó, ciertas danzas vascas en nombre de un conservadurismo moral y político.
Estas danzas, interpretadas principalmente por hombres y sin contacto entre bailarines, ya dan forma a las danzas “vascas” propiamente dichas. Resulta interesante recordar que, en la segunda mitad del siglo XIX, quienes dejan constancia de estas danzas son los sacerdotes. La danza se convirtió de esta manera en el símbolo de una sociedad vasca idealizada, rural y católica.
Fotografía: Marie Claire Bouchdu
La danza al servicio del abertzalismo
A comienzos del siglo XX, la instrumentalización de las danzas vascas iniciada por la Iglesia avanzó de la mano del desarrollo del nacionalismo. La danza salió de su contexto ritual y tradicional para convertirse en el emblema de un nuevo discurso identitario. Se puso en valor, especialmente, el repertorio abertzale de la «dantzari dantza» de los pueblos de la Merindad de Durango (Berriz, Iurreta, Garai). Combinaba juegos guerreros con palos o espadas y representaba los colores de la ikurriña diseñada en 1893 por Sabino Arana Goiri. Simplificadas y desfiguradas, estas danzas se enseñaban a la juventud y se utilizaron como prueba adicional de la diferencia vasca.
Con el inicio de la Guerra Civil española, la danza vasca adquirió una relevancia destacada a partir de la creación en 1937, por parte del Gobierno Vasco, del grupo de música y danza Eresoinka. La misión de este conjunto cultural era explicar al mundo, a través de la música y la coreografía, la situación que vivía el País Vasco. Con sede primero en Sara y posteriormente en Saint-Germain-en-Laye, la compañía reunió a más de cien artistas y ofreció numerosas actuaciones en París, Bruselas, Ámsterdam o Londres. En 1939, Eresoinka fue contratada para realizar una larga gira por Norteamérica, pero la declaración de guerra obligó al transatlántico que transportaba al grupo a regresar a Francia. Así concluyó definitivamente la trayectoria de Eresoinka.
Cabe la posibilidad de que no salgamos de aquí. No hay que concluir por ello que la lucha no pueda continuar también en el plano artístico… ¿Por qué no llevar al mundo, a través de nuestras más bellas melodías, el recuerdo de un pueblo que muere por la libertad?”, Jose Antonio Agirre, lehendakari del Gobierno Vasco
Con aquellas palabras pronunciadas entre el bombardeo de Gernika y la caída de Bilbao, el lehendakari José Antonio Agirre imaginó lo que sería Eresoinka, un conjunto vocal, instrumental y coreográfico mixto creado durante la Guerra Civil española.
Función de Eresoinka en Londres. Fotografía: Jesus Elosegui Irazusta
Miembros de Eresoinka en Chateau Belloy. Fotografía: Jesus Elosegui Irazusta
Durante la República anterior a la guerra, en territorios vascos del Estado español, y bajo el impulso del Euzko Alderdi Jeltzalea, comenzaron a surgir los primeros grupos folklóricos, que más tarde se extenderían a País Vasco del norte. Durante el franquismo, por ejemplo, numerosos refugiados vascos crearon allí nuevos grupos, y su aportación contribuyó en gran medida a configurar lo que hoy conocemos como danzas vascas. El fenómeno fue de gran envergadura: el Ballet Olaeta —que más tarde daría lugar al Ballet Oldarra de Biarritz y a la creación de Etorki Balletak—, así como Batz-Alai de Baiona, Begiraleak de Donibane Lohizune, Elkar Oinka de Hazparne o Oinak Arin de Beskoitze e Itsasu, entre otros.
La folklorización e institucionalización
En la posguerra, la proliferación de grupos de danza en el País Vasco condujo a la institucionalización de las danzas vascas. En los años 1960-1970, estos grupos, que experimentaron un desarrollo especialmente importante, adoptaron un modelo de funcionamiento asociativo. Este nuevo modelo seguía una lógica empresarial para desarrollar la actividad de los grupos, en lo relativo a la confección de trajes, la compra de material escénico, la venta de representaciones o la realización de viajes.
Fotografía: Idoia Lahidalga
El movimiento folklórico responde poco a poco al desarrollo del turismo, presentando una definición de las danzas vascas que hacía referencia al mito del Zazpiak-bat (siete en uno). Es el momento en que se descuidan las particularidades locales, y las formas calendáricas y rituales experimentan un claro declive, en favor de danzas más espectaculares y simbólicas de la unidad de las siete provincias vascas. Una vez más, la danza se reinterpreta y se reutiliza con fines estratégicos.
Transformación permanente
Progresivamente instrumentalizada e institucionalizada, las danzas vascas se pusieron al servicio de la iglesia, del mito fundador del nacionalismo vasco o incluso del movimiento folklórico y del turismo. A lo largo de los siglos, las danzas se han ido alejando cada vez más de sus usos tradicionales.
Ezpata dantza del Duranguesado en Mallabia. Fotografía: Txelu Angoitia
Lejos de limitarse a una simple pérdida de sentido, estas sucesivas instrumentalizaciones generan hoy en día nuevas formas de expresión de una danza viva y plural, en constante transformación, nuevas definiciones de lo que hoy llamamos danza(s) vasca(s).