La nao San Juan, símbolo del apogeo marítimo vasco, se hundió en las costas de Canadá en 1565. Casi 500 años después, un astillero de Pasaia (Gipuzkoa) ha conseguido levantar una réplica exacta con la misión de volver a lanzarlo al agua rumbo a Terranova.
Hundimiento, descubrimiento y reconstrucción: la historia de un ballenero vasco del siglo XVI
04 Jun 2026Un ‘crush’ con la portada del National Geographic
A mediados de la década de 1980, un joven Xabier Agote, apasionado desde niño de los viejos barcos pesqueros de madera, se llevó la sorpresa de su vida cuando leyó el siguiente titular en la portada de la revista National Geographic: “16th Century Basque Whaling in America”. Ahí se desmenuzaba la historia del ballenero San Juan, hundido en las frías aguas canadienses de Red Bay en una noche de tormenta de 1565: una embarcación de 28 metros de eslora, con una capacidad de carga de 200 toneladas y habilitado para 60 marineros, todo un prodigio tecnológico que actualmente simboliza el tótem industrial marítimo vasco.
En realidad, todo había empezado unos años antes. En 1978 un equipo de arqueólogos canadienses (de la agencia pública Parcs Canada) halló el San Juan a unos 10 metros de profundidad bajo una gruesa capa de piedras de lastre y sedimentos. Habían seguido las indicaciones de las pistas halladas por la historiadora Selma Huxley en los archivos de Oñati (Gipuzkoa) y las ciudades castellanoleonesas de Burgos y Valladolid. Los buzos que inspeccionaron los restos comprobaron, contra todo pronóstico, que el barco, uno de los primeros buques de carga transoceánico que surcaban los mares desde el País Vasco hasta Terranova, se encontraba en buen estado. La madera y algunas de las sogas habían aguantado excepcionalmente el paso del tiempo. Durante 30 años, bajo la dirección del investigador Robert Grenier, fallecido a principios de 2026, se realizó un exhaustivo estudio que marcó un hito en el ámbito de la arqueología subacuática.
Agote está sentado en la mesa de su despacho de Albaola de Pasai San Pedro. En este peculiar museo-astillero de la costa guipuzcoana se han especializado en la construcción de embarcaciones históricas. Es un lugar particular. Tras más de 10 años de intenso trabajo, aquí se ha levantado un calco de la nao San Juan, un megaproyecto que culminó su primera fase con la botadura al agua de la bahía de Pasaia el 7 de noviembre de 2025. Ahora se encuentran inmersos en la puesta a punto del barco para su primera gran misión: recrear la travesía que realizaban los marineros vascos del siglo XVI hasta el litoral de Terranova.
Al mismo tiempo, un grupo de trabajadores y voluntarios venidos de distintos rincones del planeta están rescatando un barco de pesca tradicional de madera del siglo XIX. Se llama Ozentziyo. Su restauración integral tiene un componente extra de romanticismo: es el último atunero del puerto de Donostia. Si no lo hubieran recuperado, habría acabado en el desguace. Y con él, la memoria de aquellos pescadores de la bajura vasca.
El fundador y presidente de Albaola retrocede a 1985. En la era digital, la información aparece y desaparece haciendo scroll en el teléfono móvil. El poder que puede llegar a atesorar una portada en papel apenas existe. Su impacto es ínfimo al lado de un reel que se hace viral en Instagram. Pero quién no recuerda un crush como este, que es un amor adolescente y una revelación al mismo tiempo. Aquel ballenero vasco del que hablaban en el National Geographic como si fuera el santo grial marítimo del siglo XVI:
—Me cambió la vida, fue un regalo del destino. Y me dije: ‘Voy a ser yo el que reconstruya los barcos que nadie quiere’.
¡Arriando velas! El regalo de la diáspora vasca
1997, Maine (Estados Unidos). Reivindicar el legado naval de los antepasados vascos es un asunto que obsesiona a Xabier Agote y decide fundar la asociación Albaola con la que “dar a conocer la historia marítima universal del País Vasco”. Albaola nace con la motivación de emprender una revolución cultural. De romper clichés que se habían quedado atascados en el imaginario colectivo y reescribir el relato de la aportación que los navegantes vascos habían realizado siglos atrás con sus hazañas en alta mar.
“Es absolutamente incompresible cómo se nos ha ocultado nuestra verdadera identidad cultural como pueblo a lo largo de los siglos”, se lamenta Agote. “Somos eminentemente marítimos, es más, diría que oceánicos. Ese ha sido nuestro rasgo de identidad. Una relación ligada al mar. Sin embargo, se nos ha contado que la cultura vasca era pastoril. No entendía que no se pusiera en valor nuestro rasgo de identidad más extraordinario, atractivo, grandioso y genial. No había nada que rescatase un pasado tan glorioso, que es cuando hemos sido lo más grande como pueblo”, añade.
En tiempos de Carlos I y V de Alemania, en el siglo XVI, los marineros vascos no solo se aventuraron a cazar ballenas francas, sino que fueron “pioneros en abrir las relaciones comerciales entre Europa y Norteamérica”. En los aproximadamente 100 kilómetros que comprende el litoral vasco, desde Baiona a Muskiz, “se construyeron los barcos oceánicos más adelantados del mundo. Indiscutiblemente. Esos barcos eran empleados por los mercaderes y transportistas vascos, pero también por el imperio español. Más del 80 % de la flota marina del imperio de Carlos V fue construida en la costa vasca”, afirma Agote.
La trainera Ameriketatik (desde América) fue el primer proyecto de Albaola. Heredera de las lanchas balleneras utilizadas por los pescadores vascos del siglo XVIII, los 75000 dólares que costó su construcción se sufragaron gracias al esfuerzo colectivo de la diáspora vasca en América y Australia. Asimismo, contó con la ayuda de los alumnos de la escuela de carpintería de rivera The Apprenticeshop de Maine. “Una embarcación de pesca construida en Estados Unidos, financiada por la diáspora vasca y regalada al País Vasco. Fue una movilización fantástica”, resume Agote.
Ameriketatik fue botada en Maine el 10 de mayo de 1998, desde donde inició una primera travesía con rumbo a Nueva York. El mismo Agote fue el patrón de la trainera que navegó por la bahía de Manhattan con marineros estadounidenses a bordo. Los lazos entre los vascos, el mar y América volvían así a estrecharse una vez más. La trainera recaló más adelante en todos los puertos de la costa vasca, “realizando 29 escalas, cada una de ellas con una tripulación de 12 remeros distintos”. Sin motor ni ningún tipo de adelantos tecnológicos, navegando a la vieja usanza: a remo y vela.
Además, Agote subraya que gracias al proyecto de Ameriketatik se descubrió la conexión vasca de las islas de Saint Pierre y Miquelón, territorio perteneciente al ultramar francés situado al sur de Terranova en el que viven aproximadamente unas 6000 personas. “Es el único contexto marítimo de la diáspora vasca. Fue un hito. El resto de la diáspora americana no tenía conocimiento de ello y fue muy chulo que se conociesen”.
La NASA vasca y los cohetes del viejo mundo
Caminar por Albaola y detenerse a observar lo que sucede en su interior es lo más parecido a un viaje en el tiempo. Todos los oficios de este astillero-museo vivo y dinámico tienen un marchamo artesanal y parecen remontarse a un periodo remoto. Huele a madera recién trabajada. Un aroma cálido que se mezcla con los sonidos secos de la sierra, la azuela y el hacha. En el recorrido se puede ver hasta un taller de herrería donde se encargan de hacer los clavos. Los operarios y carpinteros navales que se buscaban la vida en siglos pasados y no tenían acceso a la electricidad (ni mucho menos a tutoriales de Youtube) se deben asemejar mucho a estos trabajadores vascos e internacionales venidos de Alemania, Francia o Latinoamérica.
En Albaola han logrado configurar un mundo propio y auténtico para enfrentarse con garantías al reto de la reconstrucción, en una era en la que los oficios han sido sustituidos por máquinas y el know-how se ha evaporado. El chileno Hugo Almonacid (de 36 años) es parte de esta cuadrilla multicultural marítima en la que todo se fabrica con técnicas antiguas y tradicionales. Llegó a Albaola en 2025 como maestro carpintero de ribera y se puso manos a la obra con el ballenero San Juan. El suyo es un empleo en extinción que, no obstante, encaja como un guante en este singular espacio en el que cada trabajador imprime su sello personal.
Hace 500 años América era prácticamente una galaxia lejana conectada por el mar. Agote suele comparar la actual NASA con los astilleros de Pasaia del siglo XVI, y su puerto, con Cabo Cañaveral. “Aquellos barcos eran los cohetes que iban al nuevo mundo. Los vascos fueron los fundadores del primer colegio de navegación transoceánica en Cádiz. La vuelta al mundo de Elcano [entre 1519 y 1522] está organizada desde Lekeitio. La nao Victoria y la nao Trinidad eran barcos vascos. Nada de esto es casualidad. Los vascos fueron los únicos balleneros a escala industrial del mundo, un pueblo que al mismo tiempo está haciendo barcos oceánicos y caza ballenas en los lugares más remotos e inhóspitos del planeta: Islandia, Canadá, Noruega, Groenlandia… Era algo abrumador”.
Precisamente, en Pasaia se contruyó el San Juan original, que sigue bajo el agua protegido y monitorizado por las autoridades canadienses. Su naufragio es una reliquia única del apogeo de la industria ballenera del siglo XVI y ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La propia organización de las Naciones Unidas ha adoptado la imagen del San Juan como el símbolo del patrimonio mundial subacuático. Representa a todos los barcos hundidos del mundo. Y, milagrosamente, ha renacido en el siglo XXI con una versión gemela.
Próximo destino: Terranova
La reconstrucción de la nao San Juan ha seguido a rajatabla las instrucciones de la agencia pública Parks Canada, recogidas en un minucioso informe. Decenas de miles de visitantes de Albaola han podido ver en tiempo real un proceso extremadamente detallado que arrancó en 2014. En primer lugar, el equipo técnico del astillero vasco realizó los planos de construcción tras pasar largas horas delante del ordenador dibujando las formas del ballenero. La madera ha sido la principal materia prima de la embarcación, principalmente extraída de unos 200 robles provenientes de las profundidades del valle de Salazar, en el Pirineo navarro. Logísticamente, fue un quebradero de cabeza transportar decenas de troncos por carreteras sinuosas hasta llegar a Pasaia.
El rigor histórico es lo que ha definido este proyecto y, en realidad, todo lo que sale de Albaola. Así que antes de hacer el San Juan navegable hasta las costas de Terranova tendrán que equiparlo exactamente igual que en el siglo XVI; por ejemplo, con unos calderos de cobre de grandes dimensiones y unas barrikas cilíndricas para transportar, principalmente, sidra, la bebida estrella de aquellos marineros vascos. Se calcula que más de 300 personas, entre voluntarios, becarios y profesionales, han intervenido en la construcción del galeón.
A esta réplica no le queda mucho para que esté listo y pueda salir a alta mar. Entre otras cosas, falta por rematar el trabajo interior, que incluye hacer el mástil y las velas, cosidas a mano. Por su parte, las anclas se elaborarán en la ancorería Ainguraola de Albaola, también de estilo vintage, recuperando así una metodología vetusta. Todo en este nuevo San Juan será como lo fue en su día, sin atajos modernos como el motor.
Durante la futura odisea marítima hasta Terranova, prevista para 2027, los tripulantes irán ataviados con trajes de época y se apoyarán en las velas para desplazarse sobre el agua. “Vamos a tener que aprender a navegar en el barco sobre la marcha, porque el San Juan tiene unas características únicas que nadie ha tenido la oportunidad de experimentar antes. El barco nos va a hablar y tenemos que escucharle”, precisa Agote. Será como afinar un desconocido instrumento nuevo que funciona por ensayo y error. No queda otra. Por supuesto, esta vez nadie va a cazar ballenas a Terranova. La misión tendrá un carácter cultural y festivo entre dos países hermanados, País Vasco y Canadá, que celebrarán por todo lo alto un patrimonio compartido.