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Beti Jai: el renacimiento del icónico frontón de pelota vasca que vuelve a brillar en Madrid

Texto: Jon Pagola 24 Sep 2026
Jonas Bel (2024)
Jonas Bel (2024)
Jonas Bel (2024)

Tras más de un siglo cerrado y con una sinuosa historia que casi termina con la supervivencia del propio recinto, el frontón Beti Jai de Madrid, la llamada capilla sixtina de la pelota vasca, vuelve a estar abierto al público. Un final feliz de un lugar mítico que desde 2024 ha renacido como un auténtico ave fénix.  

Nadie diría que justo al lado de un elegantísimo restaurante nikkei, en una de las zonas más señoriales de Madrid, salpicado de museos y palacetes, prácticamente pegado al bullicioso Paseo de la Castellana, quede un frontón en pie. Las cuatro o cinco personas que merodean por el inicio de la calle Marqués de Riscal un sábado por la mañana de verano parece que tampoco lo tienen demasiado claro: miran arriba y abajo, dudan un instante. Se quedan pensativos. ¿Será aquí? Las puertas están abiertas de par en par, pero, aparentemente, solo conducen a un estrecho pasillo exterior que no se sabe muy bien dónde desemboca. De momento, no hay ningún cartel a la vista.

Al final del callejón, de unos 50 metros, se accede a un pequeño espacio expositivo que conecta, justo al otro lado de la entrada, con la cancha del renacido frontón Beti Jai (“siempre fiesta”, en euskera). En esa primera toma de contacto destaca una gran fotografía con el título de Las raquetistas. Pioneras del deporte profesional femenino, en el que una docena de mujeres vestidas de blanco salen posando en fila con una raqueta en mano. El texto nos pone sobre aviso: “En 1917, el recuerdo de la pelota en Beti Jai era eso, un recuerdo, y el deporte del frontón no vivía su mejor momento. Sin embargo, el empresario Ildefonso Anabitarte no se dio por vencido y optó por darle una vuelta de tuerca, tan arriesgada como absolutamente triunfal”.  

Unos pasos más y ahí está. En todo su esplendor. La gran joya arquitectónica de los frontones, rehabilitado y abierto al público después de haber estado más de un siglo cerrado.

—Hala, qué guay.

—Pues yo no conocía esto.

Sheila y Amaia, dos treintañeras vascas que han ido de visita a Madrid, están alucinando. Una de ellas no sabía siquiera de la existencia del recinto y la otra apenas lo tenía apuntado en un marcador de Google. Pero Beti Jai les quedaba de paso a un mercado al que tienen pensado ir y se han animado a pasar antes por aquí y echarle un vistazo. Ambas subrayan su majestuosidad y la preciosa arquitectura. “No tiene nada que ver con los frontones que hay en nuestros pueblos”, coinciden, mirando a las gradas del inmueble que levantó el arquitecto Joaquín Rucoba en 1894.

Cuando el fotógrafo Yon Garín, autor de un proyecto personal sobre frontones peculiares de Navarra, visitó este lugar a principios de 2026 también alucinó. Parecía que no había visto nada remotamente parecido: “Nada más cruzar sus puertas, la sensación es clara. Esto no es solo un edificio. Es un latido detenido en el tiempo”, cuenta en su web personal yongarin.com. La superestrella catalana Rosalía también parece haber sucumbido al encanto de esta perla monumental. El pasado noviembre, durante la presentación de su álbum Lux, concedió una entrevista en este lugar. Y la popularidad del frontón, como todo lo que toca la cantante, se disparó.    

Madrid, capital de la pelota

El flechazo de la capital madrileña con la pelota vasca fue apasionado pero breve. Como un capricho de un amor de verano. Los 30 frontones que se levantaron en la ciudad en algún momento de finales del siglo XIX no estuvieron en activo mucho tiempo. El furor nació impulsado por la afición a la pelota de la reina regente María Cristina, que, como era tradición en la familia real española, veraneaba todos los años en Donostia. Pronto se convirtió en un deporte con pedigrí que atrajo tanto a la aristocracia como a la burguesía de la época, que vio cómo en los partidos se movían importantes sumas de dinero. Sin embargo, las jugosas apuestas trajeron también las primeras sospechas de amaños (jugadores que caían extrañamente lesionados, remontadas inverosímiles, puntos difíciles de creer) y su interés empezó a decaer entre el público.

Beti Jai, donde se practicaba la cesta punta y el remonte (dos modalidades de pelota), tiene sus propios episodios polémicos. En un partido, unos aficionados perdieron una apuesta e intentaron agredir directamente a uno de los pelotaris del partido. Las instituciones políticas se vieron obligados a intervenir y prohibieron la presencia de los corredores de apuestas en las canchas. Se introdujeron nuevas normativas para regular un negocio controvertido que amenazaba con convertirse en una bola de nieve. Pero, cuando llegaron las restricciones, los mismos que lo habían abrazado efusivamente atraídos por el dinero fácil le dieron la espalda.

A la paulatina pérdida de interés y los escándalos se le sumó también la aparición de otras propuestas de ocio como el fútbol, los espectáculos circenses o el auge del teatro. La pelota ya estaba de capa caída en Madrid cuando la Sociedad del Deporte Vasco alquiló el espacio de Beti Jai en 1917 para darle un último impulso. Ahí se enmarca la intentona del empresario donostiarra Anabitarte con las jóvenes raquetistas. Solo duró un año. En 1918 se disputó el último partido y arrojó a la pelota al camino del olvido en Madrid.

Salvado por la campana

La historia de Beti Jai tiene mucha miga y está llena de curvas. Durante estos 130 años, el edificio lo ha sido todo: un taller de coches, una cárcel, un centro de prácticas militares, espacio para mítines políticos, una fábrica, un centro de ensayos de aeronáutica o incluso una casa okupa en 2007. Entre 1904 y 1909 fue el centro de investigación de Leonardo Torres Quevedo, inventor del mando a distancia. Más recientemente, hubo un proyecto para convertir el solar en un hotel y un gimnasio que no cuajó.

En sus peores momentos, a principios de este siglo, fue un decorado fantasmal y ruinoso: las higueras trepaban por las gradas, los altos hierbajos se habían adueñado de la cancha, el polvo se acumulaba por todas partes. Su estado era tan calamitoso que apenas se intuía que aquel había sido la joya de la corona de los frontones, con una cancha de 67 metros de longitud y unas gradas con capacidad para 4000 localidades. La obra maestra de Rucoba, en el que se combinan diferentes tradiciones arquitectónicas (de estilo ecléctico y neomudéjar, pero también con elementos de la arquitectura de hierro vinculados a la revolución industrial) estaba prácticamente irreconocible.

Salvemos el frontón Beti Jai

2008 fue un año fatal: sufrió un incendio y hubo que lamentar el fallecimiento del vigilante de seguridad. La estructura del inmueble, milagrosamente, quedó intacta. Que haya sobrevivido a tanto ajetreo es como un regalo caído del cielo. Pero su recuperación y posterior renacimiento hasta convertirse en el icono cultural y monumental que es hoy no es fruto de la casualidad. La implicación primero de la sociedad civil (muy especialmente a través de la plataforma Salvemos el frontón Beti Jai) y el apoyo después de las administraciones públicas, que se tomaron en serio este asunto, ha sido fundamental. “Simplemente hay que reordenar mínimamente para volver a recuperar un edificio que es irrepetible”, expresaban los miembros de la plataforma en el documental Beti Jai: La Capilla Sixtina de la pelota, de Richard Zubelzu, que se puede ver en una de las salas de la exposición permanente del edificio.

En 2015 el ayuntamiento lo expropió y comenzaron las obras de rehabilitación, que finalizaron en abril de 2019. El objetivo de los arquitectos era mantenerse lo más fiel posible a su estado original, sustituyendo solo aquellos elementos “que, debido a la corrosión, eran irrecuperables”. Para ello, recurrieron a periódicos de la época, fondos documentales de bibliotecas y a la colaboración con asociaciones y expertos. Durante este proceso, el equipo encargado de las obras descubrió “un arco neomudéjar en buen estado detrás de un tabique, y unas tejas planas originales muy innovadoras para la época, que estaban en una recámara”.

Renacimiento y éxito

La inversión municipal para la puesta a punto de Jai Alai fue de casi 40 millones de euros. Se han restituido la estructura original del graderío, las fachadas y cubiertas, devolviendo así todo su esplendor al inmueble. El proyecto ha sido elogiado desde diversos ámbitos. A finales del año pasado, por ejemplo, recibió el Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales 2025, debido a que “supone un ejercicio innovador de corresponsabilidad, en el que la ciudadanía y la administración han trabajado conjuntamente para devolver a Madrid una joya única e irrepetible”.

Después de haber permanecido oculto tanto tiempo, se abrió por primera vez al público en junio de 2019, aunque su reapertura como espacio cultural y deportivo no se produjo hasta 2024. Desde entonces, el frontón acoge visitas guiadas, talleres infantiles, conciertos y, por supuesto, exhibiciones de juegos de pelota. Según el ayuntamiento madrileño, en menos de dos años han pasado por este lugar más de 145.000 habitantes.  En la visita, gratuita, de martes a domingo, el recorrido es libre por los espacios abiertos al público: el frontón y un centro de interpretación, integrado en las galerías y pasillos del propio espacio, que ofrece retazos fundamentales de la historia de este espacio. Se muestran piezas, fotografías, documentos y otros elementos relevantes. Pero lo mejor es plantarse en mitad de la cancha y observar el conjunto, detenerse en los pequeños detalles; imaginar cómo debió ser un partido de pelota en un sitio tan bonito como este en un céntrico barrio de Madrid. La capilla sixtina de la pelota vasca vuelve a lucir imponente.

 

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